En la universidad donde estudié, hace décadas, hubo una sesión en la residencia sobre la importancia del consentimiento sexual. Los facilitadores explicaron que si una persona dice “no” o “para” y aun así la otra continúa, eso es una agresión sexual. Un atleta de alto perfil se levantó y, incrédulo, dijo: “Eso no puede ser cierto. Si esa definición es la correcta, a todas las mujeres con las que me acosté las violé”. La reacción de la clase —la mayoría se rió— dejó claro algo inquietante: él no percibía mal su comentario; creía que estaba expresando una convicción compartida.

Ese recuerdo volvió a mi mente cuando se difundió la noticia de una supuesta agresión cometida por varios miembros de una fraternidad. La parte más trágica, desde una perspectiva social y psicológica, no fue solo el suceso en sí, sino que más de 50 hombres en un chat de grupo supuestamente fueron testigos mientras ocurría y ninguno intervino, ni ofreció ayuda a la víctima ni contactó a las autoridades. Este tipo de inacción es sorprendentemente común: en aproximadamente un tercio de las agresiones sexuales hay al menos otra persona presente que podría haber intervenido y, sin embargo, en la mayoría de los casos no lo hace.

La raíz del problema: creer que eres el único que se incomoda

Los datos indican que solo una minoría de hombres comete agresiones sexuales: las estimaciones sitúan la prevalencia en alrededor del 6.5% entre estudiantes universitarios varones en Estados Unidos y Canadá. Aun así, muchos hombres que consideran inaceptable la violencia sexual creen equivocadamente que otros hombres no lo ven así.

En estudios en campus universitarios se pidió a hombres que valoraran la veracidad de mitos sobre la violación —por ejemplo, “si una chica no se resiste físicamente no se puede considerar violación” o “si una chica entra a una habitación sola con un hombre, es su culpa si la violan”— y luego que estimaran cómo responderían sus amigos cercanos o el estudiante promedio. Los resultados muestran una tendencia clara: la mayoría piensa que sus pares aceptan más esos mitos de lo que ellos mismos aceptan. Es decir, hay una percepción sistemáticamente sesgada sobre lo que los demás creen.

Esta creencia equivocada inhibe la voluntad de intervenir. De hecho, lo que más predice si un hombre intervendrá no es tanto su propia postura sobre la agresión sexual, sino lo que él cree que piensan sus compañeros. Si asume que los demás minimizan el problema, se sentirá menos inclinado a hablar o actuar.

Por qué se mantienen esas creencias

Una explicación es social y psicológica: los hombres temen las consecuencias sociales de llamar la atención sobre conductas inapropiadas. El motivo que con más frecuencia citan para no intervenir es el temor a ser objeto de burlas o a parecer débil frente a otros hombres. En grupos cerrados, la presión por mostrar lealtad al colectivo puede traducirse en proteger a los miembros que se portan mal en vez de proteger a posibles víctimas.

Además, los perpetradores suelen sobreestimar el apoyo social a sus actos. Los que han cometido agresión tienden a creer que otros hombres comparten y aceptan ese comportamiento, y a veces narran esas conductas como si fueran algo normal. Esa apariencia de apoyo alimenta la percepción errónea entre los demás de que la violencia sexual es más común y aceptada de lo que realmente es.

Restablecer la norma social: mostrar lo que ya es verdad

Si el problema no es tanto cambiar la norma como ayudar a la gente a ver cuál es en realidad, la solución pasa por corregir las percepciones equivocadas. Cuando las personas reciben información precisa sobre lo que sus pares creen y hacen, se sienten menos inhibidas para hablar y por tanto es más probable que intervengan.

Programas breves de prevención dirigidos a hombres de primer año que duran alrededor de 90 minutos —y que se enfocan en desmentir mitos sobre la violación, en reforzar la importancia del consentimiento y en corregir percepciones sobre las actitudes masculinas— han mostrado efectos positivos. Cuatro meses después, los participantes reportaron niveles menores de agresión sexual. Estas intervenciones actúan por dos vías: reducen el miedo a hablar al mostrar que la mayoría no aprueba la agresión, y recalibran las intenciones de quienes están en riesgo de cometerla al informarles que sus pares no respaldan esas conductas.

Al mismo tiempo, la dinámica de lealtad dentro de los grupos puede volverse un recurso para el bien. Si en un equipo o una hermandad la lealtad pasa a significar proteger a los compañeros evitando conductas dañinas —incluso si eso implica interrumpir un encuentro sexual potencialmente problemático—, el grupo puede transformar su propia cultura. Un jugador de fútbol universitario lo expresó de forma directa: “Puede que no consigas a la chica, pero conservarás la beca y seguirás en el equipo”.

Aprender estrategias concretas para intervenir

Otra vía comprobada es enseñar habilidades específicas de intervención. Los programas de bystander (observador) enfatizan detener comportamientos peligrosos antes de que escalen, ofrecen tácticas prácticas para intervenir y recuerdan que la responsabilidad de prevenir la violencia recae en todos.

Quienes participan en estas formaciones se sienten más competentes y están más dispuestos a actuar. En campus que han implementado programas de intervención por observadores, las tasas de violencia sexual disminuyen de forma notable: en un estudio, el acoso y el acecho se redujeron un 11% y las experiencias de actividad sexual no deseada con mujeres que estaban demasiado intoxicadas para detenerla se redujeron hasta un 17%.

Comenzar — construye claridad mental y presencia para actuar con calma y enfoque cuando alguien necesita ayuda.

No es raro leer sobre un caso extremo y pensar que la inacción es característica de ciertos grupos o entornos concretos, como fraternidades o universidades. Pero la verdad es que casi todos hemos estado alguna vez ante una situación en la que vimos algo problemático y no hablamos. Comprender los factores psicológicos normales que generan estas percepciones erróneas —la tendencia a pensar que eres el único incómodo, el miedo a la ridiculización, las señales aparentes de aprobación social— y aprender tácticas reales para intervenir puede marcar la diferencia.

Estrategias prácticas y seguras para intervenir

Estas tácticas no son universales; su elección depende del contexto y de la seguridad personal. Pero practicarlas y discutirlas en entornos educativos o deportivos reduce la incertidumbre que paraliza y aumenta la probabilidad de que alguien actúe.

Conclusión

La inacción frente a la violencia sexual se alimenta de percepciones equivocadas sobre lo que los demás creen y del miedo a sufrir sanciones sociales por intervenir. Corregir esas percepciones y enseñar habilidades concretas de intervención transforma esa dinámica: las personas se sienten con más confianza para hablar y los posibles agresores perciben menos apoyo social para sus actos. En contextos donde estas intervenciones se implementan, la violencia sexual disminuye de manera tangible.

Cambiar cómo actuamos no requiere héroes anónimos sino ciudadanos informados y conectados que sepan reconocer la realidad: la mayoría no aprueba la violencia sexual, y cada intervención, por pequeña que parezca, contribuye a sostener esa norma.

Comenzar — fortalece tu regulación emocional, presencia y enfoque para intervenir con calma cuando alguien necesita apoyo.