La vida universitaria puede asemejarse a una estación de tren: personas de orígenes diversos se encuentran, comparten un tiempo y luego toman rumbos distintos. Esa convergencia ofrece una oportunidad singular para que la educación superior no solo transmita conocimientos, sino que también cultive virtudes necesarias para la vida adulta, como la apertura mental, la empatía y el compromiso democrático.

Para entender qué experiencias en el campus realmente fomentan ese crecimiento moral, un equipo de investigación realizó 12 grupos focales con 51 estudiantes universitarios. Les pidieron que reflexionaran sobre las situaciones de clase que los ayudaron —o les impidieron— desarrollar disposiciones éticas y sociales. A continuación presentamos los hallazgos principales, junto con ejemplos, implicaciones prácticas y recomendaciones a partir de la voz estudiantil.

1. Actividades que fomentan la perspectiva y el desacuerdo productivo

Los estudiantes destacaron con claridad que las oportunidades para ponerse en el lugar del otro y practicar desacuerdos respetuosos son fundamentales. Estas experiencias surgen tanto dentro como fuera del aula: proyectos en equipo, cohortes pequeñas, debates estructurados y tareas que obligan a dialogar con alguien de ideas distintas.

Un ejemplo que varios mencionaron fue el trabajo en pequeños grupos. Cuando las personas alcanzan cierto nivel de confianza entre sí, el intercambio deja de ser un choque de posturas para convertirse en una conversación transformadora. Al conocer la historia y los valores de un compañero, es más fácil disentir de forma que enseñe y no que hiera.

Otro caso ilustrativo fue la tarea de entrevistar a alguien con una ideología política diferente. Para una estudiante, ese ejercicio fue el comienzo de su apertura: al conocer el origen de las creencias del entrevistado —una historia familiar marcada por dificultades económicas— comprendió que las ideas no nacen de la ignorancia sino de experiencias vividas.

Los estudiantes también valoraron pequeñas decisiones pedagógicas: poner los escritorios en círculo, dedicar tiempo inicial a presentaciones personales o estructurar discusiones que privilegien preguntas abiertas. Esas prácticas crean un entorno donde preguntar y escuchar se vuelven habilidades cultivadas, no meras reacciones.

2. Relaciones con docentes empáticos: la diferencia entre seguridad y silenciación

Los profesores influyen decisivamente en la atmósfera del aula. Cuando los docentes se muestran accesibles, muestran interés genuino y construyen vínculos, los estudiantes se sienten habilitados para expresar dudas y participar con autenticidad. Espacios donde el docente se queda después de clase, invita a conversar y orienta en cómo aprovechar las horas de consulta generan confianza.

Sin embargo, no todas las experiencias son positivas. Algunos estudiantes relataron situaciones en las que los comportamientos de profesores generaron ambientes hostiles. Un testimonio particularmente contundente contó cómo una profesora/o pronunció una palabra racial altamente ofensiva; el daño fue mayor porque existía un claro desequilibrio de poder entre el docente y estudiantes de minorías. Ese tipo de incidentes no sólo afectan la seguridad psicológica de quienes están presentes, sino que también limitan la posibilidad de un debate respetuoso en el futuro.

Este contraste muestra que la empatía del docente no es solo una cualidad personal: es una práctica relacional que requiere conciencia de las dinámicas de poder, del contexto demográfico del aula y de la responsabilidad de incluir perspectivas ausentes.

3. Relevancia práctica: conectar el aprendizaje con el mundo real

Un tercer hallazgo claro es que los estudiantes desean ver cómo lo aprendido se aplica fuera del campus. Proyectos basados en problemas reales, vinculaciones con iniciativas comunitarias o competencias que propongan soluciones concretas fortalecen la motivación y la comprensión cívica.

Un estudiante describió un concurso donde emprendedores presentaron propuestas tecnológicas para mejorar la salud materna en comunidades marginadas. Ver cómo ideas de aula podían transformarse en proyectos con impacto social reforzó la convicción de que el aprendizaje tiene un propósito tangible y moral.

No obstante, los estudiantes reconocen las limitaciones prácticas: los programas suelen estar saturados de contenidos especializados, y ofrecer experiencias experienciales implica reorganizar prioridades curriculares. Aun así, cuando es posible, esos vínculos con la realidad resultan catalizadores poderosos para desarrollar virtudes.

¿Qué entendemos por educación del carácter?

En este contexto, “carácter” se refiere a disposiciones que informan cómo una persona piensa, siente y actúa moralmente. La educación del carácter puede ser implícita —a través de una cultura escolar positiva, sentido de pertenencia y relaciones sanas— o explícita, mediante currículos, prácticas docentes y recursos diseñados para fomentar virtudes como la honestidad, la solidaridad y la deliberación ética.

Los estudiantes reportaron que ambos enfoques son relevantes: la proximidad humana y la estructura curricular se potencian mutuamente cuando se combinan con intención.

Obstáculos y desafíos señalados por los estudiantes

Entre las barreras mencionadas aparecen la censura tácita por temor a represalias, la sobrecarga de contenidos que dificulta espacio para proyectos experienciales y la falta de formación docente en técnicas de facilitación de diálogo. También emerge la preocupación por la inequidad: cuando la enseñanza no reconoce las diferencias culturales o ignora grupos subrepresentados, la confianza se erosiona.

Un punto sensible es la gestión del error por parte del profesorado. Los estudiantes valoran cuando los docentes admiten fallos y modelan la capacidad de reparar, en lugar de ejercer una autoridad infalible que ahuyente la participación auténtica.

Recomendaciones prácticas para docentes y administradores

Implicancias para la comunidad universitaria

Los hallazgos sugieren que las universidades pueden ser laboratorios de virtud si se construyen intencionalmente las condiciones adecuadas. No se trata de imponer un conjunto de creencias, sino de cultivar habilidades: escuchar, preguntar con curiosidad, reconocer la dignidad del otro y traducir la reflexión en acción cívica.

Para los estudiantes, la invitación es doble: aprovechar las oportunidades que la institución ofrece y demandar espacios donde la formación ética sea tratada con la misma seriedad que la técnica. Para los docentes y las autoridades, el reto es diseñar cursos y culturas que prioricen no sólo la transmisión de saberes, sino el desarrollo del juicio moral y la capacidad de convivir en pluralidad.

Un cierre práctico

Si hay algo claro en las voces estudiantiles, es que el carácter se moldea en la intersección entre relaciones humanas y oportunidades relevantes. Pequeños cambios —una disposición de asientos, una tarea que pida escuchar activamente, un profesor que se acerca después de clase— pueden multiplicar el potencial formativo de la universidad.

En un mundo polarizado, cultivar la apertura, la empatía y la capacidad de colaboración no es un lujo académico: es una inversión en sociedades habitables.