Solía pensar que simplemente no sabía manejar el estrés. Cada domingo por la noche mi pecho se tensaba ante la semana que venía. Había correos que, al aparecer en mi bandeja, desencadenaban un nudo que no desaparecía. Antes de las reuniones repasaba una y otra vez lo que diría, temiendo equivocarme. En aquel entonces me culpaba: debía ser más dura, más tranquila, más resistente. Todos los demás parecían manejarlo, así que asumí que el problema era mío.
Desde fuera, todo parecía estar bien: la organización tenía buena reputación; el liderazgo, éxito y admiración. La persona que generaba la mayor parte de mi incomodidad era carismática, segura y muy valorada. Eso hacía aún más difícil confiar en mi propia experiencia. No había gritos ni incidentes explosivos a los que señalar y decir “por esto me siento así”. En vez de eso, se trataba de una acumulación lenta de cosas pequeñas.
Fueron conversaciones que me dejaban extrañamente avergonzada. Críticas disfrazadas de “consejos”. Momentos en los que salía confundida, preguntándome si yo había malinterpretado lo ocurrido. A veces me elogiaban cálidamente; otras, me ignoraban o me minaban con sutileza. La dinámica del equipo me hacía sentir paranoica y excluida. Esa inconsistencia me empujó a intentar demostrarme constantemente.
Me esforcé más. Fui más cautelosa, más complaciente y más autocrítica. Pensé que si me comunicaba perfectamente y mi rendimiento era impecable, las cosas mejorarían. No ocurrió. Poco a poco empecé a desconfiar de mis juicios: dudaba de decisiones sencillas, me disculpaba a cada rato y acabé emocionalmente exhausta por monitorear los estados de ánimo ajenos para evitar conflictos.
Un día, en una reunión de equipo, tuve un instante revelador: mi entorno laboral replicaba el ambiente de mi hogar durante la infancia. Personas distintas, pero los mismos roles. El jefe carismático parecía un narcisista; a su alrededor, quienes minimizaban o justificaban su conducta. En ese momento lo vi con claridad: era abuso narcisista en el trabajo.
Mirando atrás, veo cómo los entornos dañinos nos condicionan a desconectarnos de nuestros propios instintos. Nos concentramos tanto en mantener la paz, complacer o evitar críticas, que dejamos de escuchar lo que nuestro cuerpo y nuestra mente intentan decirnos. En mi caso, mi cuerpo estaba advirtiéndome desde hacía tiempo.
El diagnóstico emocional: preguntar si te sientes seguro
El punto de giro llegó cuando una amiga me preguntó: “¿Te sentís segura ahí?”. Me sorprendió la pregunta; nunca había pensado en la seguridad emocional en el trabajo. Asumía que la profesionalidad implicaba tolerar la incomodidad y seguir adelante. Pero, al profundizar, la respuesta fue clara: no, no me sentía segura. No físicamente, sino psicológicamente. No podía hablar abiertamente sin temer consecuencias; no estaba cómoda cometiendo errores; no me sentía serena, enraizada ni segura de mí misma.
Admitirlo fue doloroso, pero también el comienzo de un cambio. Por primera vez dejé de entender mi ansiedad como un fracaso personal y comencé a verla como información. Mi cuerpo respondía a un entorno que me mantenía en duda constante.
Reconocer el patrón y tomar medidas
Sanar no fue inmediato. Recuperar la confianza llevó tiempo y pasos pequeños y sostenidos. Si te reconoces en esto, aquí hay estrategias, pensadas para acompañar la recuperación sin apresurarla:
- Nombrar lo que ocurre. Poner palabras a la experiencia (por ejemplo: inconsistencia, manipulación, silencios que excluyen) ayuda a distinguir entre lo que es real y la autocrítica que la situación despierta.
- Escuchar señales del cuerpo. Ansiedad, fatiga, tensión en el pecho o dificultades para dormir son información útil. Aprender a leer esas señales permite actuar con antelación y con más compasión hacia uno mismo.
- Crear un pequeño registro. Anota episodios que te hicieron sentir mal, incluyendo fechas y lo que ocurrió de forma objetiva. Con el tiempo ayuda a ver patrones que no son tan visibles en el día a día.
- Buscar apoyo profesional o de confianza. Hablar con un terapeuta o con amigos que comprendan tu experiencia es un paso importante para validar lo vivido y construir estrategias de cuidado.
- Establecer límites concretos. Pensar en límites pequeños y manejables —por ejemplo, qué temas evitar en ciertas reuniones o cuánto tiempo dedicar a responder correos fuera del horario laboral— es una forma práctica de recuperar control.
Con el tiempo empecé a dejar de minimizar lo que me pasaba y a dejar de culparme por estar afectada. Muchas personas cargan con experiencias laborales que no han admitido porque, desde fuera, el daño no siempre parece grave. A veces el efecto es que nos volvemos más pequeños, más callados, menos seguros. La experiencia profesional debería aumentar la confianza, no disminuirla.
Opciones prácticas si estás en un entorno tóxico
No existe una única resolución válida; depende de cada situación y de los recursos personales. Algunas opciones y consideraciones que me ayudaron a tomar decisiones con menos miedo:
- Evalúa la seguridad psicológica. ¿Puedes expresar dudas sin represalias? ¿Se pueden discutir los errores como parte del aprendizaje? Si la respuesta es no, la organización puede no ser un lugar para crecer.
- Considera alternativas internas. A veces existen otros equipos o líderes dentro de la misma organización donde la cultura es distinta. Explora si hay vías para moverte sin exponerte a más daño.
- Prepara tu salida de forma estratégica. Si decides irte, prepara una transición que te permita proteger tus finanzas y tu salud mental. Salir no es fracasar; puede ser afirmar tu bienestar.
- Reconstruye tu confianza con prácticas diarias. Pequeñas acciones que confirmen tu valor: decir no cuando corresponde, aceptar cumplidos, tomar decisiones con información y límites y practicar la auto-compasión.
Cuando finalmente dejé ese trabajo, sentí un alivio casi inmediato. Mi confianza y mi confianza en mí misma volvieron con rapidez. Comprendí que mi respuesta había sido comprensible ante una situación dañina, y que no era culpa mía. Esa comprensión me permitió hablar con más claridad con otras personas que vivían experiencias parecidas y ofrecerles palabras que a mí no me habían dado: que no están débiles por ser afectados por un ambiente dañino.
Cómo sostener la recuperación a mediano plazo
La recuperación no fue lineal. Hubo retrocesos, inseguridades y días en que el recuerdo me hacía dudar. Aun así, algunas prácticas sostenidas marcaron la diferencia:
- Rutinas que anclan. Establecer rituales sencillos de comienzo y cierre del día (respiraciones, escribir tres logros diarios, una caminata breve) ayuda a reconectar con la sensación de agencia.
- Revisión periódica. Cada pocas semanas revisaba mi registro: ver el patrón de mejoras y notar los momentos en que aún me influenciaban me permitió ajustar estrategias sin juzgarme.
- Elegir relaciones que reflejen tu progreso. Rodearte de colegas y amistades que validen, que no minimicen ni expliquen tus emociones, es esencial para no volver a internalizar la toxicidad.
Si ahora reconozco algo con más autoridad es esto: estar afectada por un entorno laboral dañino no te convierte en débil. Somos seres relacionales, y los espacios donde pasamos tanto tiempo influyen profundamente en cómo pensamos y sentimos. Aceptar lo que ocurrió —sin amplificar la culpa— es el primer paso hacia la recuperación y hacia decisiones más conscientes sobre el trabajo que elegimos y las personas con las que compartimos nuestro tiempo.
Si te ves reflejado en estas líneas, date permiso para reconocerlo en voz alta y buscar ayuda. El primer acto de cuidado puede ser tan humilde como nombrarlo: admitir que no te sentías segura. Ese reconocimiento abre puertas. Una vez que la verdad está fuera, puedes empezar a juntar los pasos que te llevarán de vuelta a ti.
Sobre la autora: Dr. Sarah Davies es psicóloga clínica y terapeuta de trauma. Ha escrito guías prácticas para la recuperación del abuso narcisista y situaciones laborales tóxicas, y combina experiencia clínica con un enfoque en la reconstrucción de la confianza y la voz personal.
