Cuando una joven de 16 años, negra, dijo “me siento insegura y desprotegida. Estados Unidos se supone que es la tierra de la libertad pero en realidad es la tierra del racismo”, y otra chica de 16 años, blanca, respondió “creo que está bien... me da pena por las minorías... soy blanca y vengo de un entorno parecido así que estaré bien”, quedaron al descubierto dos maneras radicalmente distintas de interpretar el clima racial del país. Esas respuestas resumen en buena medida lo que vieron los investigadores que siguieron a adolescentes durante la primera presidencia de Donald Trump: una polarización de creencias sobre la raza y las desigualdades sociales que puede tener efectos duraderos.
Un estudio que aprovechó la coyuntura
Investigadores que ya estaban realizando un estudio de cinco años sobre la participación cívica de jóvenes aprovecharon la elección de 2016 como una oportunidad para observar cambios reales en creencias y comportamientos. Trabajaron con cerca de 1,400 estudiantes de noveno a duodécimo grado y registraron cómo variaron sus posturas a lo largo del tiempo. Lo que emergió fue una división clara: los adolescentes que apoyaron a Trump tendieron a volverse menos conscientes de la raza y menos preocupados por las desigualdades; los que lo rechazaron se volvieron más sensibles a estas cuestiones.
Divergencia en la percepción de la realidad
La “conciencia racial” en el estudio se midió con afirmaciones como “apoyo la igualdad de derechos para personas de todos los orígenes raciales y étnicos” o “me preocupo por la discriminación que enfrentan grupos raciales y étnicos”. Tras el primer año de Trump en la Casa Blanca, los jóvenes simpatizantes del presidente mostraron una disminución en su apoyo a esas afirmaciones. En paralelo, se volvieron menos propensos a reconocer que ciertos grupos tienen menos oportunidades para prosperar en Estados Unidos.
En contraste, los jóvenes críticos de Trump aumentaron su conciencia sobre la raza y su reconocimiento de desigualdades. Entendieron con mayor profundidad las dinámicas sociales que estructuran la discriminación. Otros trabajos que entrevistaron a jóvenes de color durante ese mismo período encontraron que la exposición a políticas y retórica hostiles llevó a un desarrollo más intenso de capacidades para identificar y nombrar injusticias.
Comportamientos y participación cívica
¿Se tradujeron esas creencias divergentes en acciones distintas? Sí y no. Curiosamente, el único comportamiento que aumentó de forma notable entre los jóvenes simpatizantes de Trump fue la intención y la probabilidad de votar. Ese interés electoral más alto entre jóvenes pro-Trump se alinea con los resultados observados en elecciones posteriores, donde la participación juvenil fue un factor relevante y la mayoría de jóvenes blancos que votaron mostraron apoyo hacia él.
Sin embargo, la mayor conciencia sobre desigualdades entre detractores de Trump no siempre produjo formas uniformes de activismo formal. Lo que quedó claro es que las creencias emergen asociadas a identidades, experiencias familiares y contextos demográficos: los jóvenes que apoyaron a Trump eran con mayor probabilidad varones, blancos, con familias conservadoras y menos probabilidad de ser inmigrantes; los que lo rechazaron tendían a ser mujeres, latinas/os, negras/os o asiáticas/os y con historias familiares de inmigración.
Un clima escolar más hostil
Los cambios en creencias no quedaron solo en la esfera privada. Después de la elección, docentes reportaron incrementos en comentarios despectivos hacia grupos subrepresentados, especialmente en escuelas mayoritariamente blancas. Se documentaron episodios de racismo anti‑negro y discriminación contra estudiantes transgénero; y muchos jóvenes latinos expresaron miedo y ansiedad vinculados a políticas migratorias más duras y a la retórica pública.
Una revisión de psicólogos sobre estudios realizados en ese período concluyó que la primera presidencia de Trump dañó la salud mental de adolescentes latinos. Si bien no todos los incidentes de discriminación se pueden vincular directamente a la acción de estudiantes simpatizantes del entonces presidente, el clima político general —y las actitudes que algunos adultos mostraron públicamente— contribuyeron a normalizar formas de prejuicio.
Lo que las políticas pueden hacer en las vidas de los jóvenes
Las decisiones y declaraciones de líderes no son eventos aislados: circundan el día a día de jóvenes cuya identidad y bienestar se están consolidando. A fines de 2024 y comienzos de 2025, medidas ejecutivas orientadas a ampliar detenciones y deportaciones, imponer visiones binarias sobre el género y restringir iniciativas de diversidad y equidad anunciaron un nuevo marco político. En contextos así, las experiencias de 2016–2017 sirven de alerta: cambios institucionales pueden reducir las oportunidades de aprender sobre desigualdades e incluso legitimar comportamientos discriminatorios en escuelas y comunidades.
En la práctica, esto significa que si se limita la enseñanza sobre la historia de las inequidades o se prohíbe la discusión de género y raza en las aulas, las oportunidades para que adolescentes desarrollen sensibilidad y herramientas críticas se reducen. La consecuencia potencial es una generación con percepciones más polarizadas, menos equipadas para reconocer injusticias y para actuar con empatía.
Implicaciones para familias y escuelas
- Atención temprana: estar atento a señales de ansiedad y miedo entre estudiantes que pertenecen a grupos vulnerables.
- Espacios seguros: crear entornos escolares donde se pueda hablar de desigualdad sin que la conversación sea silenciada por políticas externas.
- Dialogar sin imponer: enseñar a los jóvenes a escuchar experiencias diversas y a distinguir entre hechos, interpretaciones y sentimientos.
- Fomentar la participación cívica: canalizar la indignación y la preocupación hacia formas constructivas de acción, incluida la participación electoral y comunitaria.
Estas medidas no contrarrestan mágicamente las fuerzas políticas, pero ayudan a que los adolescentes desarrollen pensamiento crítico y resiliencia emocional frente a climas polarizados.
Mirar hacia adelante
Las divisiones observadas durante la primera presidencia de Trump no son solo un dato histórico: pueden repetirse en contextos políticos similares. Si políticas y discursos públicos están orientados a reducir visibilidad de problemas raciales o a penalizar iniciativas de equidad, cabe esperar que las percepciones de los jóvenes se polaricen de nuevo. Por eso es vital que docentes, padres y comunidades reflexionen sobre las condiciones que favorecen la conciencia social.
Reconocer las desigualdades y responder con educación, apoyo emocional y oportunidades de participación es una manera de preparar a la próxima generación para comprender y enfrentar la injusticia sin desesperanza ni resentimiento. Para ello, la constancia importa: pequeños hábitos de conversación en casa y en la escuela, la práctica repetida de escuchar testimonios distintos y la disciplina amable de acompañar a los jóvenes en su aprendizaje pueden cambiar trayectorias.
Conclusión práctica
Las administraciones y el discurso público influyen en cómo los adolescentes perciben la sociedad. Frente a ello, el trabajo de familias y escuelas consiste en sostener prácticas que promuevan la comprensión, la empatía y la acción informada. Repetir conversaciones difíciles con paciencia, ofrecer información confiable y crear rituales de reflexión comunitaria puede parecer lento, pero la perseverancia y la disciplina amable en esos hábitos cotidianos son las que, a la larga, moldean una ciudadanía más consciente.
